Lo que quise decir
Hablo de rechazar marcas físicas y ritos obligatorios porque ya tengo suficientes cicatrices reales en la vida. Prefiero mantenerme entero a mi manera, con mis propios errores y sin buscar la aprobación de nadie.
La escribí en julio de 2025.
Letra
Circuncidarme, no me jodas,
si de cortarse tratar habría empezado por la lengua
o por la parte del cerebro donde pienso demasiado,
pero no, aquí seguimos.
Entero, crudo, sin recorte.
Lo de la circuncisión me lo pregunta en serio, con la voz baja,
como si fuese un rito secreto o el pase de día para entrar en la fe.
Lo siento, pero si de fe hablo,
la tengo en los nervios que nadie ve.
Me dicen que habrá el pacto,
que el pueblo que la señala en la carne.
Pero yo he firmado pactos con cicatrices mucho más profundas
y ninguna la hice con bisturí,
sino con cada error que me ha marcado.
La vida no es miedo, ni es rechazo,
ni trauma de cole, ni pesadillas de bata blanca.
Es solo que he aprendido que lo que importa en mí no se corta ni se pega,
no se limpia en una cubeta de acero ni con vaselina.
Sin corte, sin cortejo,
así vine y así sigo.
Lo sagrado me lo labro,
con lo sucio y con lo limpio.
¿Tú crees que mi biografía necesita más cicatrices?
Ya me abrieron el alma en canal
y el cuerpo lo arrastré por barro de psiquiátrico,
por camas y por camillas, por juicios y por camas.
Sin piel, el prepucio es lo más intacto que tengo
y a estas alturas casi le tengo cariño.
Mi relación con Dios no va por metro ni por corte,
ni por sentirme más puro ni menos goy.
Yo he visto la Shejiná escondida en un café frío,
he sentido a Dios detrás de una puerta cerrada,
en el turno de noche de un hospital
y ni me pidió papeles ni certificado de carne.
Me piden marca y yo tengo mil,
pero ninguna es de fábrica.
La autenticidad a mi manera
no pasa por quirófano ni por sinagoga.
Sin corte, sin cortejo,
yo me quedo completo.
Lo sagrado me atraviesa,
de cabeza a esqueleto.
Me dicen: «Es la entrada a la comunidad,
es el sello, es el vínculo,
es lo que te separa del resto».
Pero yo he vivido en todos los márgenes, en todas las fronteras
y la única pertenencia que me queda
es la de no necesitar banderas.
La carne es carne y el alma, ese asunto aparte,
no necesita de bisturí, ni de firma,
ni de testigos en bata.
El brit verdadero es poder decir no
cuando todo el mundo te dice sí.
Es mirar de frente y decir:
«Mi pacto es este».
Mi lealtad no se mide en centímetros ni en rabinos.
Me preguntan si es por miedo al dolor y me río.
¿Miedo? He pasado por dolores que no se anestesian.
He perdido más que un trozo de piel
y he seguido levantándome sin postoperatoria.
Si algún día la espiritualidad me exige una prueba física,
le enseñaré mis manos, mis noches sin dormir,
mis lágrimas, mi aguante.
No me venda una tribu,
no me dejo recortar.
Por entrar en el club,
soy un invitado incómodo,
un creyente sin uniforme,
un tipo al que le sobran marcas internas.
Así que no, no me circuncido,
no porque me falte fe,
sino porque me sobran cicatrices;
no porque me falte orgullo,
sino porque la vida ya me ha cortado lo justo
y ahora elijo lo que dejo entero.
Sin corte, sin cortejo,
sin miedo y sin recelo.
Aquí sigo completo,
santo, pecador y sincero.
Que cada uno firme el pacto como pueda,
yo ya lo firmé con sangre de verdad
y no me hizo falta bisturí, solo viví.


