Lo que quise decir
Hablo de la dureza de la vida humana, de la supervivencia y de la dificultad de entender a los demás. Siento la soledad profunda y el desgaste del tiempo frente al espejo.
La escribí en diciembre de 2025.
Letra
Miro las herramientas, el mundo que los hombres hacen,
donde se afanan, sudan, paren, cohabitan.
El cuerpo de los hombres prensado por los días,
su noche de ronquido y de zarpazo,
y las encrucijadas en que se reconocen.
Hay ceguera y el hambre los alumbra
y la necesidad más dura que metales.
Sin orgullo, ¿qué es el orgullo?
Una vértebra que todavía la especie no produce.
Los hombres roban, mienten, como animal de presa
olfatean, devoran y disputan a otro la carroña.
Y cuando bailan, cuando se deslizan,
o cuando burlan una ley, o cuando se envilecen,
sonríen, entornan levemente los párpados,
contemplan el vacío que se abre en sus entrañas
y se entregan a un éxtasis vegetal inhumano.
Para vivir es demasiado el tiempo,
para saber no es nada.
¿A qué vinimos, noche, corazón de la noche?
No es posible sino soñar, morir, soñar que no morimos
y a veces un instante despertar.
Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
gente a quien compartir es imposible.
No te acerques a mí, hombre, ¿qué haces en el mundo?
Déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos,
de los que mueren de algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender.
Para vivir es demasiado el tiempo,
para saber no es nada.
¿A qué vinimos, noche, corazón de la noche?
No es posible sino soñar, morir y soñar que no morimos
y a veces un instante despertar.
Para vivir es demasiado el tiempo,
pero para el amor no hay cielo,
amor solo este...
Este cabello triste que se cae
cuando te estás peinando ante el espejo,
esos túneles largos que se atraviesan
con jadeo y asfixia,
las paredes sin ojos,
el hueco que resuena
de alguna voz oculta y sin sentido.
Para el amor no hay tregua,
amor, la noche no se vuelve de pronto respirable.
Y cuando un astro rompe sus cadenas
y lo ves zigzaguear, loco y perderse,
no por ello la ley suelta sus garfios,
el encuentro es a oscuras en el beso.
Se mezcla el sabor de las lágrimas
y en el abrazo ciñes
el recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.
Sí, la mano que se abrió sobre mis días
eras una mano grande como el cielo,
nos dio raíz, memoria
y para respirar una herida que llaman la rosa de los vientos.
Plenitudes de aljibe que rebalsa y vacío de túnel
que ternizan los ecos, luz para ciertas horas
y la hora necesaria de oscuridad sin término.
Horizontes, mirada, la presencia segura de los cuerpos,
el gozo del hallazgo, el llanto del adiós...
La tiniebla no pudo traspasar los umbrales de nuestra casa,
se consumió entera de calor y de luz como una lámpara,
nadie le vio las manos vacías o cerradas,
entregó su tesoro de actos vivificantes,
consolaciones, gracia,
igual que en un crisol se hacían en su boca
verdaderas y puras las palabras.
No dijo más que amor y amó hasta el fin
como quien se desangra.
Cuando vino la muerte buscó su corazón para lancearla.
Y no ser, ido a ti, a mí, a todos,
donde su corazón se derramaba.
La vida, muchas muertes,
una por cada amor del que es su centro.
Todo.
Y para decirlo,
palabras y palabras
y silencio.


